“Fue amor a primera vista”, dice Matías Parraguez, un chileno de 38 años que atiende un quiosco cerca del Arc de Triomf, en Barcelona. Se refiere a un skate que encontró debajo de la cama de un primo cuando tenía unos nueve años. Lo sacaba y pasaba el día encima. Después su padre le regaló uno propio, un Powell.
“De ahí nunca más me bajé”, cuenta.
El skate lo trajo a Barcelona el 18 de noviembre de 2022, con 34 años. Viajó solo, pero en la ciudad tenía un puñado de amigos que conoció por esa afición durante una visita anterior como turista. Compró un pasaje de ida y vuelta, aunque en su cabeza el regreso tenía poco espacio.
En Santiago, cuenta, estudió para ser preparador físico, compartía casa con un amigo y trabajó unos siete años en Nespresso, en el equipo que atendía eventos del área de marketing. Cada nueva máquina o cápsula suponía otra feria, otra degustación, otro público. Le gustaba el trabajo porque las actividades cambiaban y siempre surgía algo nuevo que hacer. Su decisión de irse de Chile no nació de una crisis.
“La verdad que estaba bastante bien”, recuerda.
“Estaba todo en orden”.
Conoció Barcelona en 2016. Hasta entonces, la ciudad aparecía en los videos de skate que veía desde niño: un lugar le llamaba la atención, buscaba dónde estaba y la respuesta se repetía. Barcelona. Cuando por fin llegó, encontró algo que los videos no necesariamente explicaban: personas de cincuenta años que todavía andaban en tabla, sin que su edad pareciera un asunto que exigiera justificación.
“Ahí fue cuando dije: ‘En algún momento voy a volver acá’. Porque ahí me di cuenta de que se vive de otra forma, un poco”.
El regreso nació de una corazonada más que de un plan.
“Entonces dije: ‘Me voy’. No me informé de nada, en verdad”.

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Sábado 05 Septiembre, 2026 | 08:24
“Me alimento de la experiencia de la gente”
A las seis y media de la mañana, Matías se levanta en Cerdanyola del Vallès, una ciudad situada al norte de Barcelona, a unos quince kilómetros. Antes de salir hacia el quiosco en su moto Honda se toma su tiempo.
“Hago mis cosas lentito”, dice.
A las ocho llega al quiosco. En el de Passeig de Sant Joan, cerca del Arc de Triomf, vende periódicos, revistas independientes y café de especialidad. Los diarios ya lo esperan en un buzón donde los dejó el repartidor. Los ordena, ajusta el molino y calibra la máquina. Entre los primeros cafés está el suyo. Acomoda las revistas, pone música. A las ocho y media el puesto está operativo.
Los clientes llegan con distintas urgencias. Uno necesita el primer café antes del trabajo; otro acaba de dejar a su hijo en el colegio o en la guardería. Un turista se acerca por una revista. Los suscriptores van por el periódico y, entre ellos, los mayores fueron quienes más lo apuraron al principio.
“Llegan los abuelitos, que van toda la vida al quiosco y un poco asumen que uno tiene que saber su nombre”, bromea.
Matías debía localizar la suscripción en el sistema, registrar la entrega y, si demoraba demasiado, explicar que era nuevo. El País, Ara, El Punt Avui, La Vanguardia: cada cliente tenía un diario que retirar y una familiaridad con el puesto que él aún no compartía.
“Yo digo: ‘Los abuelitos, que debiesen estar más tranqui, más chilling, son los que más rápido van’”.
(Durante la entrevista, Àlex cuenta que viene los domingos a comprar El País. Se despide en catalán. Es uno de los clientes que aparecen en las fotos de esta nota).

Con el café tenía otra seguridad. Su experiencia con máquinas y degustaciones venía de Chile, y su primer empleo en Cataluña fue en una cafetería de Cerdanyola. La llevaba una familia catalana. Él iba por su café diario, le gustaba cómo lo preparaban y un día preguntó si necesitaban a alguien. Al mes de llegar ya tenía trabajo.
Al principio se alojó en casa de un amigo. Después alquiló un piso y compartió los gastos con un escocés y un alemán, a quienes encontró mediante una aplicación para buscar habitaciones, con una entrevista previa. Uno cursaba un máster; el otro, un doctorado. Los dos andaban en skate. La convivencia podía extenderse fuera del piso.
“Y somos buenos amigos hasta el día de hoy”.
En la cafetería empezó a familiarizarse con el catalán. Algunos clientes solo le hablaban en esa lengua. Hoy dice que la entiende, aunque todavía no se siente preparado para mantener una conversación.
“Hay cosas que, si puedo responder en catalán, lo hago. Para que se entienda igual que hago algún esfuerzo”, dice.
Para entrar al quiosco siguió un camino parecido al de la cafetería. Cuando vivía en Sant Antoni, bajaba a uno situado en la avenida Paral·lel, junto a la estación de metro. Lo atendía Candela.
“Si en algún momento sale la oportunidad, me gustaría trabajar con ustedes. Yo trabajo como barista, entiendo muy bien el trabajo”, recuerda que le decía.
Finalmente entró a trabajar con ella. Estuvo un par de meses, quizá menos. Candela vendió el quiosco y Matías empezó a buscar otro empleo. Ya tenía entrevistas cuando recibió una llamada de uno de los dueños de la marca: le dijo que Candela habló muy bien de él y que se abrió una vacante para trabajar directamente con ellos.
“Y ahí me quedé”.
Hoy trabaja cuatro días por semana y hace una ruta por cuatro puestos: el de la plaza de la Vila de Gràcia, el de Passeig de Sant Joan, el de la plaza de Francesc Macià, junto a Diagonal, y una franquicia en Universitat. Entre semana cierra a las cuatro y media de la tarde; los fines de semana, a las seis y media.
Junto a la prensa diaria vende revistas como la japonesa Popeye, de moda y vida urbana; Apartamento, nacida en Barcelona y dedicada a los interiores; y la alemana Bubble, de skate.
En Gràcia, algunos clientes pasan todos los días. Una tiene una galería de arte en el Born; otra, un restaurante en el barrio; otro es arquitecto. Las visitas ya forman un pequeño grupo de conversación. O pasa un chileno y de ese encuentro sale esta entrevista.
“Todo el tiempo siento que me alimento de la experiencia de la gente”, dice Matías. “Al final, nuestra conexión fue en el quiosco, ¿sabes?”.

“Conocí una chica”
El trabajo y el piso le permitieron afirmarse, aunque todavía faltaba resolver los papeles. De eso se enteró acá, después de llegar sin informarse demasiado. Volver a Chile también era una posibilidad si las cosas no resultaban.
“Pero no fue el caso”, dice.
Por un grupo de amigos conoció a una sicóloga, algo menor que él.
“Conocí una chica que entendió la situación en la que estaba y se vio un poco reflejada en mí”, cuenta.
Formalizaron su relación como parella estable, una figura catalana similar al Acuerdo de Unión Civil chileno. Ese paso, cuenta Matías, le permitió resolver los papeles.
“Es una historia que, en el fondo, se da de fraternidad, de entender esta situación”, dice. “Nos conocimos e hicimos match”.

“Me genera una felicidad que nada genera en mí”.
Mucho antes de los cafés, las suscripciones y los trámites, Matías aprendió a viajar con una tabla. De adolescente salía con amigos a buscar lugares donde patinar. A los diecisiete años ya se movía por Chile. Enumera Arica, Antofagasta, Iquique, Coquimbo, La Serena, Valparaíso y Ancud.
“Eran viajes entre amigos que hacíamos de manera gestionada, motivados por explorar y andar en skate”, recuerda.
La afición le dio destinos, amistades y, más tarde, una razón para emigrar. Nunca se propuso convertirla en su sustento. Sabía que pocos podían vivir de ella.
“Nunca me quemé la cabeza con eso. Yo solo ando porque me gusta y ocupa un lugar muy importante en mi vida porque no me veo sin hacerlo”, dice. “Quiero que esté presente siempre porque me genera una felicidad que nada genera en mí”.
En Barcelona conserva esa forma de salir con amigos a buscar lugares donde patinar. Su tabla actual es una Foundation. La Honda sirve para llegar al trabajo, pero también para ampliar las excursiones.
“Entonces es como explorar, explorar lo que más se pueda”.
Ese tiempo fuera del quiosco también pesó en su decisión de quedarse.
“Me gusta mucho el equilibrio que encontré acá entre el trabajo y el tiempo para andar y hacer mis cosas”.
En Chile están sus amigos y su familia.
“Soy muy de ir a visitarlos, muy de ir a ver a mi sobrino, de hablar con mi madre todos los días”.
Aun así, dice que Barcelona empieza a sentirse como casa. Tiene un trabajo, conoce a sus clientes y armó una vida que le permite conservar aquello por lo que eligió irse.
“Me siento bien con lo que formo: es básicamente forjar mi camino, como veo la vida. Y está bien”.
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