Hace años, muchos, escribí una crónica que titulé «El shock del deterioro». Tenía que ver con el momento en que distintos personajes, locales e internacionales, caían en la cuenta de que se les había pasado su cuarto de hora. Que la lozanía juvenil ya no era lo de ellos y que, sin darse cuenta, estaban entrando al otoño de sus vidas.
Así recogí que François Mitterrand, el presidente que más tiempo ha gobernado Francia, supo que era viejo cuando, al ver su reflejo en una vitrina, no se reconoció en ese anciano de coronilla pelada. Y que una buenamoza periodista, que se sentía en pleno uso de sus facultades seductoras, escuchó a sus alumnos referirse a ella como «la vieja del moño». Y a varios que aludían a la imposibilidad de seguir comiendo legumbres en la noche.
Daniela Thumala, psicogerontóloga, académica del Departamento de Psicología de la Universidad de Chile, investigadora asociada del Centro Gero y una de las responsables de la encuesta nacional de exclusión e inclusión de las personas mayores, entiende y lamenta de qué estamos hablando. En el programa Ojos Que Sí Ven dijo a propósito: «Siempre se habla del envejecimiento poblacional, que en Chile es una realidad, y no del desafío que implica una vida longeva».
– Tú prefieres el concepto longevidad a envejecimiento. ¿Por qué?
– Porque tener una vida larga acá se ve como un cacho. Aunque el tema del envejecimiento se ha ido poniendo cada vez más sobre la mesa y hay más conciencia de esta realidad, todavía existe una visión cargada muy negativamente. La vejez es sinónimo de déficit, de deterioro, lo que en términos biológicos es real. La longevidad, en cambio, no tiene esa carga.
Envejecer es deteriorarse y ese proceso parte desde el día uno de vida, afirma la gerontóloga.
– Los organismos nacemos, crecemos, maduramos, nos reproducimos… ahora menos que nunca -se interrumpe a sí misma. Y luego continúa- Nos deterioramos y nos morimos, pero eso es desde lo biológico. Las personas dicen «me llegó el viejazo» cuando les empieza a doler la rodilla, escuchan poco y mal, se les olvida dónde dejaron las llaves… O sea, siempre desde el déficit. Pero resulta que los seres humanos no somos solo biología.
– ¿Qué otra cosa somos? ¿En qué dimensión envejecer puede ser bueno?
– Somos seres con una dimensión psicológica, una dimensión social, una dimensión espiritual. En esas áreas hay capacidades que se mantienen y muchas veces hasta mejoran con los años. Por ejemplo, la capacidad para enfrentar dificultades, lidiar con la incertidumbre y con el estrés. Eso es algo que uno observa en personas mayores.
Japón y la soledad de los grandes
Datos nacionales e internacionales de investigaciones muy diversas revelan que las personas mayores, en su gran mayoría, tienen buenos niveles de satisfacción con sus vidas, pese a navegar con mucho viento en contra: enfermedades, disminución de los ingresos, muerte de seres queridos. Sin embargo, tienden a sostenerse bien.
– ¿Cómo lo hacen?
– Hay recursos psicológicos en juego que uno observa mucho más presentes en las personas mayores. Por eso, me llama la atención que, en vez de decir «me llegó el viejazo», la gente no diga «me he puesto mucho más flexible frente a la incertidumbre» o «he aprendido a lidiar mejor con el estrés». Esto es por la carga biológica, que captura mucho la conciencia. Es como tener un dolor de muelas: toda la conciencia de ti mismo se centra en el dolor. Pero tenemos que insistir en que la vejez no es solo eso. Es una etapa de la vida donde hay capacidades que incluso pueden mejorar.
Siempre se habla de valores como la experiencia, la sabiduría que dan los años, resumida en el dicho «más sabe el diablo por viejo que por diablo». Pero Daniela reconoce que, en general, son pocas las culturas que ensalzan la vejez.
– Hay mucha mitología sobre lo valorados que son los viejos en los mundos asiáticos, por ejemplo. En las sociedades antiguas eran considerados en la medida en que tenían la propiedad de la tierra y no implicaban un costo para la comunidad. En las culturas nómadas, los viejos quedaban en el camino si no podían seguir caminando. Hoy, en Japón, las personas mayores tienen un enorme problema con la soledad.
La soledad de los viudos
«Atropellaron a una anciana de 50 años» es una frase que no puede extrañarnos. La vejez hoy está contada por los jóvenes y el edadismo, o discriminación por edad en contra de las personas mayores, es real. Este es uno de los factores que contribuyen a la sensación de exclusión y soledad de este grupo etario.
– Según distintos estudios, casi la mitad de las personas mayores en Chile reporta algún grado de soledad. Pero, ojo, que entre los jóvenes los niveles de soledad son altísimos. Es más, en la última Encuesta Bicentenario, los jóvenes aparecen con mayores niveles de soledad que la gente adulta mayor. Esta no es una competencia por quién se siente más solo, sino que es una realidad social, hace notar Daniela Thumala.
Y hace una distinción clave: no es lo mismo soledad que aislamiento social.
– Lo segundo consiste en que una persona no tiene una red de apoyo significativa cerca.
Hablamos de una persona mayor que, por ejemplo, no tiene quien lo lleve al médico. La soledad, en cambio, es una experiencia: una sensación subjetiva de carecer de vínculos afectivos.
Ambas situaciones no son lineales. Hay quienes pueden «estar en el Estadio Nacional, rodeadas de miles de personas, y sentirse solas. Y otras, a las que les basta con un hijo, un esposo, para sentirse vinculadas a otros».
– ¿Qué es más común entre los adultos mayores?
– Hay datos que indican que más o menos la mitad de los mayores en Chile reporta algún grado de soledad. El aislamiento social, un poco más. Y quienes experimentan ambas situaciones son un 30 por ciento.
– ¿Hace diferencia el género?
– La sensación de soledad es más común en las mujeres mayores. Pero hay que hacer algunas distinciones más finas. Por ejemplo, las mujeres mayores que no están con pareja no necesariamente reportan soledad. En cambio, los varones viudos o separados, sí.
– ¿Por qué se fomenta tan poco la convivencia intergeneracional?
– Efectivamente es bastante escasa, pese a lo importante que es. Existen algunas iniciativas, lugares donde las comunidades educativas se abren a que participen personas mayores. Yo doy un curso en la universidad donde mis estudiantes deben hacer entrevistas a personas mayores. Muchos se sorprenden de esa experiencia porque no les había tocado conversar así con alguien mayor.
Considera que deben ser idealmente contactos no asistenciales, que suelen ser lo común. «Por muy valioso que sea ese tipo de voluntariado de jóvenes yendo a residencias de personas mayores, los contactos intergeneracionales deben apuntar más alto».
– ¿Cuánto influye la clase social en la soledad y en el aislamiento?
– Influye más el nivel educativo, que, por cierto, está relacionado con el nivel socioeconómico. No es lo mismo, pero tiene una clara relación. Se ha visto que personas mayores con mejores niveles educativos reportan menos soledad y menos aislamiento que quienes tienen menor nivel educativo.
Mayores de 65: a escribir a mano se ha dicho
A propósito del tema, le comentamos a Daniela una convocatoria que abrió el Hogar de Cristo y que está vigente hasta el primero de junio. ¿De qué se trata? De incentivar la escritura a mano en adultos de 65 años y más. Muchos estudios indican que hacerlo es como una auténtica gimnasia mental: mantiene la memoria, aleja el estrés, conserva la motricidad fina. Incluso se afirma que resguarda del Alzheimer.
Dice la gerontóloga: «Respecto de la demencia tipo Alzheimer hay muchas más preguntas que respuestas. Pero, sin duda, existen factores protectores, los que curiosamente son muy parecidos a los que nos protegen de las enfermedades cardiovasculares: la buena alimentación; la actividad física, que es un gran regulador emocional; el mantenernos socialmente vinculados, porque, de nuevo, la soledad no deseada es un factor de riesgo para la salud en general».
– ¿Has oído sobre las ventajas de escribir a mano?
– Sí, es un tema súper interesante. Y no aplica solo a los mayores. En varios países desarrollados están volviendo a hacer dictado y caligrafía a los niños, a quitarles los aparatos electrónicos y hacer que vuelvan a escribir.
En el caso de los mayores, resalta la placidez que implica sentarse y escribir, tratando incluso de recuperar la caligrafía, una buena letra. «Escribir a mano te focaliza en el presente, te ayuda a organizar tus ideas, independientemente de lo que estés escribiendo. Es un gran ejercicio cognitivo, interesante y bonito, que conecta además con el tema de la identidad».
La iniciativa se relaciona, además, con una pregunta que se hacen las personas mayores y que Daniela Thumala escucha a menudo: «Tengo más de 80, ¿quién me va a pescar?, ¿a quién le importa lo que yo sé o lo que yo pienso?».
En ese sentido, y para cerrar la conversación, la psicogerontóloga hace una profunda reflexión final:
– Estamos viviendo más, pero falta plantearse para qué estamos viviendo más. Una pregunta importante en esta etapa de la vida es: ¿A qué me puedo dedicar yo ahora y qué oportunidades me da el entorno para hacerlo? Ahí, como país, estamos muy al debe. Nos estamos perdiendo la experiencia que da trabajar con personas mayores. Las personas se jubilan en un ciento por ciento, cuando la jubilación podría ser gradual y/o parcial. Por ahí hay que innovar y no perder conocimiento, sabiduría y experiencia, concluye Daniela Thumala.