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Una guía psicológica para salir de las deudas

Una paciente dejó sin abrir durante meses las cartas de cobranza sus acreedores, convencida de que la realidad sería peor de lo que podía soportar. Cuando por fin se sentó y revisó todo, se sorprendió, pero también sintió alivio. 

Sí, la deuda era seria, pero «ya no era monstruosa y amorfa. Tenía límites».

La escena la cuenta la psicoterapeuta británica Vicky Reynal en una guía publicada en la revista Psyche, donde plantea que salir de las deudas es tanto un desafío emocional como financiero.

Reynal, autora del premiado libro Money on Your Mind y columnista de The Times, trabaja a diario con personas con una «deuda problemática»: aquellas que les cuesta manejar o pagar y que termina en una espiral.

Según la terapeuta, su experiencia demuestra que muchas veces las deudas tienen raíces profundamente emocionales.

Vergüenza, evitación y el primer paso

Muchos asociamos las deudas con ser «desorganizados» o «irresponsables», y tememos que pedir ayuda nos exponga al juicio ajeno. La psicoterapeuta reconoce que sí, a veces la deuda nace de conductas irresponsables, pero advierte que está «lejos de ser siempre el caso». Una separación, un despido o una enfermedad pueden bastar.

El problema, sostiene, es que revisar la app del banco, abrir cartas o llamar a tu ejecutivo se vuelve temible, y mientras más se posterga, peor es el panorama. El punto de inicio es que cuanto antes se enfrenta la deuda, más opciones hay.

Reynal insiste en que salir de deudas exige capacidad emocional para mirar los hechos sin caer en el pánico, coraje para actuar pues «la acción genera confianza, y no al revés», además de curiosidad para explorar el origen y humildad para pedir ayuda.

debt.com
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Su primera recomendación es enfrentar los números, «con suavidad pero de forma directa». La evitación, explica, es una defensa psicológica común que ofrece alivio inmediato, pero se paga caro. Hay que saber a quién se le debe, cuánto, con qué tasa de interés, cuál es el pago mínimo y en qué se está atrasado.

Para hacerlo más llevadero, propone fijar un horario, contar con alguien de confianza al lado y limitar la sesión a listar la información básica, sin intentar resolver todo de una vez. 

También sugiere acompañarla de algo agradable, como un chocolate caliente o música tranquila. «Estás haciendo algo que es difícil y valiente», nos recuerda.

Curiosidad, responsabilidad y un plan realista

El segundo paso necesario es preguntarse «¿cómo llegué aquí?» y reemplazar la conclusión fácil de «porque soy terrible» por una comprensión más compasiva.

Reynal explica que gastar no siempre es un acto racional: puede responder a necesidades emocionales, desde el aburrimiento hasta la soledad o el miedo al fracaso. Hay quienes gastan para sentirse queridos, para pertenecer o para obtener atención y estatus cuando su sentido de autoestima es frágil.

La profesional ha visto incluso a personas inseguras que, sin saberlo, orquestaban crisis financieras para que otros se acercaran, o para quienes la deuda era un secreto que guardar de la pareja porque la transparencia total resultaba demasiado íntima.

Sugiere preguntarse qué sentía uno justo antes de endeudarse, evitar pagar o gastar de más: ¿alivio, esperanza, escape, conexión, adormecimiento? ¿Qué emoción intentabas no sentir?

Luego viene cambiar la vergüenza por responsabilidad. La psicoterapeuta distingue que la culpa es sentirse responsable de algo que uno lamenta; mientras la vergüenza es creer que esos actos dicen algo sobre quién eres. 

Muchos piensan que ser duros consigo mismos los motivará, pero ocurre lo contrario: la vergüenza estrecha el pensamiento, fomenta la evitación y convierte la deuda en una prueba de que se es «defectuoso».

Asumir responsabilidad, incluso si el origen no fue culpa propia, permite actuar. Llamar, pedir consejo o asesoría profesional, cancelar suscripciones o renegociar pagos. «El enfoque que necesitas es el de resolver un problema, en lugar de castigarte por ser problemático», plantea.

El cuarto paso es armar un plan realista, no punitivo. Reynal ha visto a clientes proponerse recortes tan drásticos como forma de expiar la culpa, que terminan rompiendo el plan, sintiéndose fracasados y volviendo a evadir o gastar. Por eso el plan no debe ser sólo financiero, sino también psicológico, con herramientas para los detonantes de cada persona.

Si el gasto se vincula a encajar socialmente, propone practicar tolerar la incomodidad. Usar la ropa que ya se tiene, ofrecerse a recibir al grupo en casa pidiendo que cada uno lleve comida, o ser honesto sobre los límites y sugerir un restaurante más barato.

Si se gasta por las noches por aburrimiento o soledad, sugiere armar una agenda con una actividad distinta cada día, como leer, ver una película o salir a caminar con un amigo.

También recomienda dejar un pequeño margen para el placer o los imprevistos, porque una vida sin espacio para disfrutar es imposible de sostener. Algunos clientes usan «planes de pausa» con 48 horas de espera antes de hacer compras no esenciales, y otros piden al banco una «fricción protectora», como bloquear transacciones en sitios de apuestas, fijar topes o desactivar los pagos sin contacto, o incluso limitar el dinero que puede salir de tu cuenta por día.

Reynal advierte además aceptar que habrá tropiezos. Ha visto a gente presupuestar con rigor dos meses y luego «premiarse» tras una semana agotadora, o a quien pagaba su tarjeta y terminó comprando ropa en pánico antes de un evento laboral.

Lo importante es cómo se responde. No tomarlo como una prueba de ser «malo» o «defectuoso», sino normalizarlo («caí en una vieja estrategia porque estaba estresado, no porque sea un desastre con el dinero») y «reflexionar, perdonarse y recalibrar».

El último consejo es dejar entrar a otras personas. La deuda aísla y muchos pacientes la ocultan por temor a perder el afecto de su pareja o sus padres. Pero dos mentes piensan mejor que una y quien ayuda suele sentirse bien de hacerlo, así que nadie debería verse como una carga. Puede acompañar una pareja, un amigo, un terapeuta, un contador o un asesor de deudas.

Eso sí, advierte pensar con cuidado antes de pedir préstamos a familiares o amigos, pues pueden generar culpa y resentimiento en ambos lados.

Un detalle interesante: uno de sus pacientes reunió el valor para contar sus problemas de salud mental a su banco y descubrió que la entidad estaba dispuesta a perdonar buena parte de los intereses de la deuda y aplicar medidas para evitar que se disparara de nuevo.

El mensaje final de Reynal es «no esperes». Según la psicoterapeuta, el peor crítico de sus pacientes siempre fue su propia cabeza, porque los demás suelen ser más indulgentes de lo esperado.

La deuda, concluye, es un problema que se enfrenta, no una sentencia que defina a quien la tiene.

¿Cómo hicimos esta nota?

Esta nota fue redactada con la inteligencia artificial de Claude (Anthropic). El periodista investigó preliminarmente, seleccionó las fuentes y las entregó a Claude para su redacción usando como referencia el estilo de escritura del autor. Luego el periodista revisó la nota, realizó ediciones y verificó sus fuentes.

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