Hace medio siglo, Gloria Fredes llegó a Argentina siendo aún muy joven, con dos hijos pequeños y un marido contratado como ingeniero civil para levantar el primer supermercado Jumbo en Buenos Aires. Traían capital propio, un departamento amoblado y, sobre todo, mucha ambición.
“Nos fue bien, gracias a Dios”, resume ella, aunque ese solo era el inicio de una vida marcada por la migración, la carrera profesional y la violencia de género.
De la peluquería premiada por L’Oréal al maltrato en casa
Luego de vivir unos años en Argentina, Gloria viajó a Estados Unidos a especializarse en belleza femenina y masculina, y de vuelta en Buenos Aires instaló un primer salón que pronto se multiplicó en tres locales más, en los barrios de Almagro, Caballito y Balvanera.
Trajo consigo tecnología y productos que en esos años eran furor en Argentina, especialmente para el peinado afro. Su trabajo fue reconocido en París, donde L’Oréal le entregó un premio que ella recuerda como el punto de partida de “mi éxito”: una agenda con un mes de espera y suficiente ingreso para educar a sus dos hijos como profesionales.
Pero detrás del local lleno de clientas había otra historia. Su marido, cuenta, “se le dio por ponerse mujeriego” y la abandonó “en todo sentido de la palabra”.
“También fui mujer golpeada, o llegaba con trago”, cuenta a BioBioChile. Se separó cuando viajó a París a recibir su premio y, sola, compró su propio departamento a diez años de plazo con lo que generaba su trabajo. “Con mi marido nunca conseguí nada de eso”, dice.
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Remises destrozados, un maxikiosco y treinta años en la Policía Federal
De sus años en peluquerías, le quedan recuerdos muy felices y las marcas de sus manos quemadas. Tras treinta años en el negocio, Gloria probó suerte con una empresa de remises con auto propio. Fue, en sus palabras, “el peor negocio de mi vida”: los choques dejaban sus autos destruidos mientras ella debía seguir pagando los seguros de terceros. Vendió ese negocio para no perderlo todo y compró una repostería, de las primeras que existieron en Buenos Aires, que mantuvo nueve años trabajando de noche.
En paralelo, Gloria trabajó en la logística de la Policía Federal Argentina, a cargo de coordinar 35 comisarías. “Era una mujer muy fuerte, bien alimentada, delgada, pero me movilizaba como sea”, recuerda. Ese trabajo la llevó a conocer en persona, dice, a buena parte de los presidentes argentinos de la época, en los actos oficiales de la Escuela Militar. Fueron diez años sin pareja, saliendo solo los sábados con un grupo de cuatro amigas solteras.

Un compromiso, una muerte y el corralito que le quitó seis locales
Después de esa década sola, Gloria conoció a un hombre mayor, de apellido reconocido en Argentina, que le propuso matrimonio apenas dos meses después de estar saliendo. Se comprometieron, sus tres hermanas viajaron desde Chile para la ceremonia y él le regaló un departamento en San Telmo que ella se negó a aceptar antes de la boda, por respeto a la familia de él. “Hasta el día de hoy me arrepiento”, dice, porque su prometido murió dos meses antes de casarse.
El golpe se sumó a otro: Gloria había comprado en dólares seis locales comerciales, pagando ya el 60% de su valor, cuando estalló el corralito —la medida que tomó el gobierno argentino en diciembre de 2001, en medio de una crisis económica profunda, y que limitó la cantidad de dinero en efectivo que la gente podía retirar de los bancos, bloqueando el acceso a los ahorros de millones de personas (muchos en dólares, como en el caso de Gloria) durante meses—.
“Esos dólares valían 3.000, yo estaba feliz. Pero me agarró todo el corralito y perdí todo”, relata. La pérdida coincidió con la muerte de su pareja y le desencadenó “una depresión tremenda”.
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“Cuando llega un chileno, descongelo pastel de choclo”
De la tragedia volvió a levantarse, esta vez con una regalería que llegó a tener tres locales y con la que finalmente terminó de pagar su casa. Trabajó en una sociedad, después de forma independiente, y más tarde compitió con la llegada de comerciantes chinos al barrio, hasta que decidió cambiar de rubro una vez más.
A principios de los 2000, Gloria conoció, a través de un amigo argentino tucumano que la había acompañado en los peores momentos, a un profesor de provincia con quien formó pareja. Él sabía cocinar como pocos la comida argentina tradicional, y juntos decidieron instalar un local de comida chilena y argentina. Al principio, Gloria misma hacía de moza. “Me veía mi familia, se desmayan, pero no me importaba”, recuerda.
El local llamado El Refugio de Almagro, pensado para no más de 40 personas, abre los viernes y sábados con música en vivo hasta las cuatro de la mañana, y recibe sobre todo a matrimonios y parejas de su generación: “Juventud quieta y tranquila”, aclara, evitando la bulla de los locales más jóvenes.

Aunque su pareja falleció hace cuatro años y ella asegura que “dejó de hacer muchas cosas”, el restaurante sigue en pie y cada 18 de septiembre se llena para las Fiestas Patrias. El resto del año, Gloria mantiene siempre listos en el freezer pastel de choclo, porotos con riendas y porotos granados, por si algún chileno llega de improviso: “Cuando llega un chileno, siempre lo tengo congelado, listo para servir enseguida”, cuenta.
Gloria, que se crió en un ambiente de clase alta en Las Condes, asegura que Argentina le enseñó una lección: “No importa dónde vives, sino lo que eres”, al revés de lo que —según su experiencia— ocurre en Chile. Nunca militó en partidos políticos y dice mantenerse imparcial: “Lo que es bueno es bueno, y lo que es malo, lo saco”, tanto de un país como del otro.
Hoy, a sus más de 70 años, sigue detrás del mostrador
Con dos hijos profesionales —uno de ellos llegó a ser general en Chile antes de retirarse— y una hija que la acompaña de cerca en Buenos Aires, Gloria insiste en seguir trabajando pese a las ofertas de su familia para que se retire. “Yo lo eduqué y lo formé con mucho sacrificio, con alegría, con amor, para que ellos sean lo que son hoy y disfruten de la vida. Ese es mi lema”, dice.
Sobre el presente de Argentina, que atraviesa, según describe, “una situación muy crítica que nunca se había vivido”, Gloria es cauta: “Supuestamente dice que todo va a cambiar, que va a ser para mejor. No sé, no sé”. Con amigas profesionales que hoy manejan para aplicaciones de transporte para llegar a fin de mes, prefiere no arriesgar pronósticos.
Lo que sí tiene claro, después de cincuenta años de reinventarse —de la peluquería a los remises, de la repostería a la Policía Federal, de la regalería al restaurante—, es que nunca se rindió. “Nunca me achiqué en todo eso”, repite, como un mantra que resume una vida entera.
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